La Criatura

La Brújula-Post 9-La Criatura, Honestidad, Calamares, Burocracia - Administración Pública

Cada vez que me enfrento al control de la Administración Pública estoy más convencida de que la burocracia es el fiel reflejo de todas las vilezas humanas: para cada tipo de falta ética existe un procedimiento de prevención o sanción. Y como el crisol de actos deshonestos es muy amplio, la burocracia se acaba asemejando a una enorme y amorfa criatura abisal, con tantos tentáculos y ventosas como fraudes posibles existen y han existido.

A pesar de tratarse de un ser creado a sí mismo, hecho de retazos y sin un patrón único, en la Administración todo confluye en un diseño perfecto, con una maquinaria capaz de succionar el tiempo y la paz mental de cualquiera que se ponga a tiro. Para este burocrático animal todos somos potenciales defraudadores, infractores, “personas físicas” con papeles que regularizar o impuestos que liquidar. Por eso de vez en cuando lanza sus tentáculos en todas direcciones, que algo atrapará.

Esta visión desasosegante he tenido recientemente cuando, de nuevo, una Administración Pública ha fijado sus fríos e insensibles ojos de cefalópodo en mi humilde ser. Ni que decir tiene que la presunción de culpabilidad es el motor de muchas comunicaciones oficiales no solicitadas. El texto en sí de una carta de este tipo es inquietante en extremo, como sólo puede serlo el uso de la negrita para resaltar las “actuaciones sancionadoras o penales que, en su caso, fueran procedentes”. ¡Cómeme de un bocado, no me hagas sufrir!

Haciendo acopio de asertividad y coraje he iniciado voluntariamente la inmersión en ese mar profundo y poco transparente donde mora “la criatura”. En lugar de responder por correo me he introducido en la mismísima boca del lobo, previa información telefónica y fotocopia e impresión de la documentación relevante. En mi mochila me hubiera gustado llevar una conciencia cristalina, pero ¿quién puede sentirse seguro de su inocencia cuando es apuntado con el dedo con tanta contundencia? Además, hay tantas normas, muchas de ellas tan poco accesibles desde el simple y bienintencionado sentido común, que quizás he infringido alguna.

El caso es que con paso resuelto he franqueado el umbral del edificio oficial en cuestión, y de un golpe me he despertado de mi ilusión fantasiosa. Dentro del edificio sólo había personas, muchas personas. Personas en información, en registro, en seguridad, personas en los despachos, en las mesas de los espacios diáfanos, en las salas de café… Pues claro, ¿qué iba a haber? ¿Acaso esperaba encontrar vampiros siniestros con cabeza en forma de cebolla? Sí, es evidente que la Administración Pública es una agregación de personas, pero a mí, a veces, se me olvida. Claro que no son personas departiendo amigablemente en un bar, sino equipos organizados entorno a normas que han sido a su vez redactadas por otras personas. Mis “relaciones” con la administración son también relaciones con otras personas, que pueden ser más o menos competentes, estar más o menos motivadas, tener mejor o peor día o hablar un lenguaje más o menos afín a ti.

Este entorno humano por un lado calma mi desazón, aunque no del todo: algunas personas pueden ser menos empáticas que un calamar vampiro. Pero para hacer honor a la verdad, en mi visita esta vez he encontrado a personas aplicadas y comprensivas, que han resuelto mi burocracia con total diligencia. Qué alivio, ¿no?

Sin embargo, cuando he abandonado la oficina, con mi documentación sellada bajo el brazo y un corazón mucho más ligero, la visión ha vuelto a mí. No ha sido algo intencionado. Se ha apoderado de mí la euforia imaginativa del explorador que vuelve sin un rasguño de un viaje pionero, y que además trae la libreta llena de dibujos de plantas maravillosas y desconocidas. Así que me he imaginado a mí misma de nuevo dentro de “la criatura. He pensado que era uno de los muchos pares de ojos que nos miran a todos los demás desde su interior, que a veces se miran entre ellos, escudriñando en busca de manchas en nuestro mar de normas. Quizás nos ven comportarnos como a animalillos temerosos, que huyen sin motivo hasta de un simple saludo. O quizás como a esos perros pequeños que ladran a cualquier desconocido. Quizás como a peces desmemoriados, que tienen la cabeza en otra parte, y no precisamente en estar al tanto de las tareas administrativas. He pensado que en el otro lado hay muchas personas que observan, quizás también con cierta desazón, cómo desconocidos como yo se aproximan a ellos.

He vuelto a casa con la mente ocupada por la borrosa idea de que nuestros días serían más sencillos sin tener que emplear tanto tiempo en demostraciones de honradez. Pero claro, en ese caso puede que estuviéramos igualmente ocupados protegiéndonos de individuos poco honrados. Una disyuntiva paradójica. Al fin y al cabo la Administración Pública es una metáfora de todas las faltas humanas, una creación de hombres para protegernos de los hombres. Y como tal dista mucho de ser un paradigma de lógica y racionalidad.

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