La Ciencia y sus Demonios

La Brújula-Post 8-La Ciencia y Sus Demonios-Ciencia, Carl Sagan, Demonios, Escepticismo, Arrogancia
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No, el título de esta reflexión no es una errata. Los conocedores sabrán que el celebérrimo libro de Carl Sagan se titula “El mundo y sus demonios”. La variación es a propósito; creo que resulta mucho más ilustrativa para hablar precisamente de Carl Sagan y de su ejemplo como divulgador científico y escéptico.

Sí, escepticismo y ciencia van de la mano. Y eso lo comprendió a la perfección el mediático científico. Escepticismo frente a teorías, grandilocuentes o no, que no han sido probadas; escepticismo frente a afirmaciones que pueden llegar a sonar terriblemente fidedignas o tentadoramente dulces; escepticismo incluso frente a nuestra propia intuición, cargada de sesgos cognitivos. Carl Sagan se centraba en la ciencia, en refutar pseudociencias sanadoras y fraudulentas. Pero tampoco olvidaba muchos otros aspectos de la vida en los que un escepticismo bien entrenado nos libra desde de compras sin sentido hasta de votos vacíos.

La divulgación científica es un campo extenso y altamente poblado. Internet es una buena prueba de ello y a la vez una herramienta que ha funcionado como eficaz fertilizante. Entre tantos buenos y nuevos divulgadores, Sagan sigue destacando. Desde luego fue pionero en muchos aspectos y apostó por utilizar un lenguaje y nivel de profundidad casi apto para todos los públicos. Carl Sagan habló de los “demonios” que acechan a un mundo con altos niveles de credulidad y desconocimiento. Definió las falacias más comunes y apostó, no por ser un gurú, sino por compartir sus conocimientos de forma que cada persona pudiera llegar a distinguir argumentos de meros inventos. Muchas razones suman para que sea el más citado. Si bien entre todas ellas, para mí, destaca una: Carl Sagan fue ante todo un defensor de la ciencia, no un atacante de las pseudociencias. Y esa “pequeña” diferencia significa todo.

Resulta que la propia ciencia, los conocimientos científicos actuales, no son inamovibles. Un poco de perspectiva histórica basta para comprender que lo que hoy se cree conocer puede mañana ser considerado incorrecto. Por supuesto que usar este hecho para negar cualquier conocimiento es una confusión: puestos a construir nuestras rutinas sobre una base, mejor que ésta sea sólidamente científica que tan etérea como una percepción. Pero precisamente porque la ciencia no es una roca, para ser buen científico y defensor de la ciencia hace falta algo más que conocimiento y escepticismo. Nadie como el propio Carl Sagan para describir este delicado equilibrio:

Quiero decir algo más sobre la carga del escepticismo. Se puede coger un hábito de pensamiento en el que te diviertes burlándote de toda la gente que no ve las cosas tan bien como tú. (…)

Si sólo eres escéptico, entonces no te llegan nuevas ideas. Nunca aprendes nada nuevo. Te conviertes en un viejo cascarrabias convencido de que la estupidez gobierna el mundo.

Efectivamente, Carl Sagan fue un divulgador, no un burlador. Defendió la ciencia y explicó sus mecanismos para dar armas a los crédulos, armas que les permitieran distinguir las ideas inútiles de las útiles. Y lo hizo sin necesidad de atacar a nadie de forma virulenta. Y ésa, lamentablemente, no es la tendencia general.

Lo más común es que las ideas, incluso las de causas con un amplio respaldo científico, se defiendan “atacando”. Ocurre en una conversación particular, pero también en discusiones públicas. La tendencia “defensiva” frecuente es bajar al fango de la contienda, hacer bandos, humillar al contrario. Hacer de la causa una guerra en la que se persigue vencer y no convencer. En tales casos, ¿cuál es el resultado más probable? Que aquél que se ve acorralado en la emboscada se acabe aferrando con fuerza a la propia idea por ser su única salida digna, la única que no implica confesarse un bruto, un enemigo de la lógica o de la virtud. El resultado es, paradójicamente, que se refuerzan ideas contrarias a la que se pretende divulgar. Gran parte de la divulgación hoy en día, de la divulgación de masas incluida la científica, adolece de esa suerte de arrogancia que sólo contribuye a la generación de facciones antagónicas. Es, seguramente, una estrategia de marketing muy efectiva y una garantía de perpetuación de la causa: siempre hay “enemigos” contra los que vociferar. Pero es una mala noticia para el saber.

La arrogancia es muy poderosa, tanto que puede transformar una ventaja en un freno para la comunicación. Puede incluso hacer a una persona ciega a la evidencia que tiene delante. Y lo peor, es una afección tan contagiosa que ha penetrado hasta en las mentes más preclaras. La divulgación científica no ha escapado de esta epidemia ni de la crispación que conlleva. La ciencia, paradójicamente, también tiene sus propios “demonios”.

Y a vosotros, ¿qué demonios os acechan agazapados en vuestro interior?

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