Diferente

La Brújula - Diferencia - Respeto

Laura era una niña de seis años alegre y de mirada sincera. Ni muy alta ni muy baja para su edad, ni muy delgada ni muy gorda. De pelo castaño y ondulado. Le gustaba asistir al colegio, porque allí tenía buenos amigos, y también porque era muy aplicada. Le interesaban las ciencias, la historia, la geografía y los juegos con números. Pero sobre todo, le encantaba pintar, dibujar, hacer manualidades, y en general todo lo relacionado con la creación artística sobre un lienzo o un papel. Eso era lo que se le daba bien.

A Laura algunos quehaceres de su vida le resultaban más difíciles que otros. Como a muchos niños de su edad, le costaba a veces comprender que el tiempo es limitado, que muchos dulces pueden ser demasiados o que, por mucho que lo desees, hay cosas que no suceden “inmediatamente”. En eso, Laura era una niña normal.

Lo que a Laura le costaba de verdad era trepar por las escalas en los parques infantiles. Se sentía insegura, le daba vértigo desde el segundo escalón, y casi siempre que lo intentaba terminaba tropezando y cayendo de la forma más aparatosa. En general, todo lo relacionado con correr, saltar, hacer piruetas y jugar a malabares le resultaba difícil. Ya se había caído muchas veces, y otras tantas había sido blanco de “bondadosos” reproches para que se concentrara más o tuviera más cuidado. Así que Laura sentía cierta inseguridad cada vez que se tenía que enfrentar a un reto físico.

La clase de gimnasia era un momento peliagudo. Pero lo peor era cuando la invitaban a un cumpleaños en un parque de bolas. Incluso un día, una de las monitoras le dijo un poco enfadada: “venga, date prisa en subir, que estás formando un tapón”. Desde luego que Laura no lo hacía aposta, ¡ya le gustaría a ella ser tan ágil como muchos de sus amigos! Aunque eso no parecía importar a aquellas personas, demasiadas para su gusto, que la trataban con cierto desdén.

Lo que no entendía Laura era por qué les molestaba a otros algo que sólo le afectaba a ella.

Una tarde Laura fue con sus padres a la casa de unos amigos. Era una casa grande, con jardín, y en ella se encontraban también otros padres y niños. Laura enseguida se unió al grupo que corría y jugaba divertido entre los árboles y otras plantas. ¡Incluso había una portería de fútbol! En un momento se formaron dos equipos y se montó un partido en el que todos participaban con muchas ganas. Pronto estaba claro quiénes eran los ases del balón y quiénes los que, como Laura, no llegaban a tocar bola. En un lance del juego, la pelota cayó junto a Laura, quién se agachó lentamente a cogerla. Pero uno de los niños más grandes, y también el más hábil, la apartó de un empujón sin miramientos mientras le decía: “quita, que eres muy lenta”. Laura se quedó sentada en el suelo, inmóvil de rabia y vergüenza, mientras el resto de niños continuó el partido sin ocuparse de ella. En ese momento se acercó una mujer que llevaba de la mano a un niño que parecía de su edad. El niño tenía la cara muy redonda y los ojos rasgados. Laura se le quedó mirando muy atenta, y entonces la mujer le dijo: “Hola, éste es Javier, viene a jugar con vosotros. No sabe jugar bien al fútbol, pero seguro que vosotros, que sabéis mucho, le podéis enseñar”. El resto de los niños pararon el partido y se acercaron a saludar a Javier cariñosamente. El niño mayor, que antes había empujado a Laura, cogió a Javier de la mano. “¡Claro!”, dijo con familiaridad, “nosotros te enseñamos Javi”. Todos se afanaron mucho en hacer que Javier se divirtiera, y que no se frustrara si no conseguía darle al balón a la primera o si corría más despacio que los demás. Le jalearon y le animaron en todo momento. Laura disfrutó mucho también, contagiada de aquel nuevo y distendido ambiente que había propiciado la llegada de Javier.

Aquella noche, en el viaje de vuelta a casa en coche, Laura les contó a sus padres lo bien que lo había pasado, sobre todo desde que había llegado Javier. Su madre se alegró de que hubiera hecho tan buenas migas con él. “Sí mamá”, dijo Laura, “Javier es muy diferente”. Su madre le replicó que Javier no era diferente, sino que era especial. Y añadió: “las personas especiales nos enseñan valores muy importantes, como ponernos en el lugar de otros, y también a ser más pacientes y amables”.

Laura reflexionó unos instantes y creyó comprender a lo que se refería su madre. Pero al comprenderlo se sintió súbitamente un poco triste y confusa. “Creo que lo entiendo mamá”, dijo Laura, es bueno que haya gente especial. Pero entonces, ¿por qué algunas personas se enfadan si alguien es sólo un poco especial?

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