Aire

La Brújula-Post 10-Aire Raíces, Alas, Esencia

Por la ventana abierta esta noche me llegan ruidos comunes, casi diría que conocidos. Se trata de motores, de motos, de autobuses, de coches, de paradas en semáforos que apenas alcanzan para una estrofa. Se podría pensar que son indistinguibles de los de cualquier ciudad post industrial, qué decir de los de cualquier ciudad española. Y sin embargo, de alguna manera son extraños para mí. Los sonidos de este barrio de Madrid quizás siempre me sean ajenos; no son los sonidos que acompañaron mi infancia y juventud, los que tatuaron mis sentidos con la persistencia del gota a gota. Aquellas motos eran más estridentes, los autobuses resoplaban sin tanta prisa y los coches arrancaban al ritmo de otras músicas. Como podría haber escrito el perpetuo Borges: “un sólo ruido es mi cuidado, igual a los demás, pero que es él“. 

Nacemos como esponjas de voces, acentos, músicas e incluso silencios. Se filtran por las rendijas más incautas incontables olores, medidores perfectos de los tiempos del día, de los meses, las estaciones y de los momentos de catarsis local. La luz, los sabores, los tonos de las paredes, las formas de las calles, los árboles que te entoldan y las arenas que te ensucian el lustre de los zapatos recién estrenados; cada gota de ese todo que es tu vida te va calando sin piedad. Cada pequeño detalle nos impacta el juicio, desvela una existencia esclava de las circunstancias. El libre albedrío se ve cercado por la imposibilidad de blindarnos ante tanta experiencia incontrolable. Somos lo que intentamos ser, pero siempre también lo que hemos sido y lo que la vida nos ha hecho ser.

La inquietud y la eterna búsqueda de la paz interior me llevaron hace años a estirar mis lazos para llegar a nuevas tierras. Como viaje, el que se emprende sin billete de vuelta se aprecia con la emotividad del pionero y del exiliado. Llega la primavera y hasta los ecos menos dulces del terruño resuenan como cantos de sirena. Aquellos que nunca viajaron sueñan melancólicos qué habría sido de su vida si hubieran emprendido el camino del exilio. Los que tuvieron la suerte de ver mundo quedan sin embargo atrapados en la ancestral dicotomía entre las raíces y las alas.

Uno vive tantas vidas como sueños queman sus noches; puede ser tantas personas como maneras de levantarse tiene cada día. Pero lo cierto es que nunca podrá evitar el pellizco en la memoria, ése que le provoca el aroma de la calle en la que las horas le traspasaron.

Nunca podré ser sin abrazar lo que siempre he sido. Cocino mi destino con especias que he ido cosechando en mi peregrinaje. Cada mañana todos esos matices están ahí, en cada bocanada del aire que respiro.

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